Historia de los argentinos que ahorran en dólares y fugan sus divisas

El ahorro en dólares nació en Argentina a mediados de los años setenta, después del Rodrigazo. La dictadura militar le incorporó como variante la salida hacia cuentas en el exterior del país y lo convirtió en un deporte para los sectores medios y altos acomodados. Con el macrismo y su acuerdo con el FMI la fuga de capitales parece encontrar su punto de éxtasis, para dolor del sistema económico y los trabajadores.

El gobierno de Mauricio Macri va mostrando de a poco las cartas sobre el acuerdo alcanzado con el Fondo Monetario Internacional (FMI) y los alcances de sus consecuencias empiezan a vislumbrarse en los anuncios de la economía cotidiana. Si las versiones oficiales se confirman, sería firmado el 20 de junio, precisamente el día de la bandera, símbolo de la soberanía nacional: toda una ironía.

El jueves 7 antes de partir al encuentro del G7 en Canadá, Macri avisó que el monto total acordado asciende a 50 mil millones de dólares y el primer tramo de 15 mil millones estará disponible a mediados de julio próximo, lo que ya generó euforia en los operadores de la Bolsa de Comercio y volvió a elevar el valor del dólar. Las razones de estas conductas del mercado hay que buscarlas en los trascendidos de la letra chica pactada por el Gobierno con el FMI.

El acuerdo incluye los 50 mil millones de crédito a través de un acuerdo stand by de tres años de duración, bajo las condiciones de un ajuste fiscal que baje del 3,2% del PBI al 2,7% para fin de 2018; que el año próximo llegue al 1,3% del PBI y alcance un déficit fiscal primario cero al cierre de los tres años. Una meta casi imposible, si se tiene en cuenta el crecimiento de la inflación a partir del aumento del dólar que impacta directamente en la canasta básica de alimentos, y repercute en toda la economía a mediano plazo. Las jubilaciones y pensiones también serán recortadas sin que aún haya trascendido ni el porcentaje y ni los plazos exactos; la obra pública sufrirá un recorte del 81% a lo largo de los tres años de acuerdo y un 74% bajarán los aportes del Tesoro nacional a las provincias. Los números resultan tan crudamente elocuentes que el economista José Luis Broda, titular de la consultora Broda y Asociados, cercano tanto al macrismo como en los años noventa al menemismo, reclamó la apertura de “comedores y merenderos en todo el país durante las 24 horas del día todos los días de la semana” para sobrellevar las consecuencias de “este acuerdo necesario”.

Pero el texto acordado incluye además una reforma de la carta orgánica del Banco Central (BCRA) para otorgarle más autonomía y la eliminación de transferencias del BCRA al Tesoro nacional al punto de eliminar completamente bonos como las Lebacs. Sin embargo para otros economistas como Mercedes Marcó del Pont, titular de la Fundación de Investigaciones para el Desarrollo (FIDE y ex titular del Banco Central, el endeudamiento con el FMI “era previsible porque resulta inherente al modelo económico” (véase BRECHA núm.1694). “El gobierno plantea que es necesario desregular completamente la economía para lograr la llegada de inversiones que presume productivas, pero eso no ocurre y es necesario recurrir al crédito externo porque los capitales que llegan lo hacen atraídos no por las oportunidades de inversión productiva si no por las altas tasas de interés que ofrece el país. Se llevan el dinero que obtienen como ganancias por la especulación financiera. Entonces el crédito que llega desde el FMI vuelve a entrar en ese circuito especulativo y vuelve a salir del país. Eso no se sostiene en el tiempo”, señala Marcó del Pont.

La fuga

El BCRA designa como “formación de activos en el exterior” a los dólares que salen del sistema económico argentino. Es el nombre técnico con que suele disfrazarse un fenómeno creciente en la economía mejor conocido como fuga de divisas o de capitales cuyo nacimiento puede datarse en 1977 con la creación del decreto ley para las Entidades Financieras, firmado por el dictador Jorge Videla y pergeñado por su ministro de Economía, José Alfredo Martínez de Hoz. Desde el comienzo del gobierno presidido por Mauricio Macri y su alianza Cambiemos, la salida de dineros del circuito económico  hacia destinos externos es una característica inherente al modelo económico. En este concepto coinciden todos los economistas consultados por BRECHA para esta nota.

“El Producto Bruto Interno de un país es la riqueza producida por los trabajadores, empresarios, comerciantes, empleados del Estado; los públicos y los privados. Esos ingresos producidos se dividen en  consumo y ahorro, según la tabla de las cuentas nacionales. Parte del ahorro se convierte en inversión para permitir la reproducción del sistema económico del país. Cuando ese dinero termina convertido en moneda extranjera depositada en cuentas bancarias extranjeras o en inversiones financieras, es decir que no vuelven a invertirse a favor del sistema económico del país, estamos en presencia de un proceso de fuga de divisas o capitales”, sintetiza el economista Claudio Lozano, ex diputado nacional y titular del Instituto de Pensamiento y Políticas Públicas (IPyPP).

“La transferencia de dineros al exterior es legal en el país y se considera  ahorro en moneda extranjera”, señala Marcó del Pont a BRECHA. “Se trata de un ahorro sin uso específico que sale del sistema económico”, agrega la economista. La crisis del dólar en mayo pasado llevó al gobierno a pedir ayuda al FMI porque la salida de divisas del país llega a casi 42 mil millones dólares desde la llegada de Macri al poder en diciembre de 2015, es decir en menos de tres años. La cifra se acerca peligrosamente al monto completo del acuerdo firmado con el FMI y es probable, según datos oficiales y de consultoras cercanas al gobierno, que el 2019 comience con esa cifra de dólares en el exterior.

Las Lebacs, una creación del BCRA en 2002 mientras presidía el país el peronista Eduardo Duhalde, luego de la caída del gobierno de Fernando de la Rúa en 2001, son el instrumento mediante los grupos de especuladores locales y los capitales golondrinas, como los fondos buitre, reactivaron brutalmente la llamada bicicleta financiera. Traen sus dólares, los cambian a pesos, compran Lebacs, las colocan a treinta días con lo que obtienen un interés del 3,3% (40 por ciento anual), venden los bonos, y con la diferencia vuelven a comprar dólares que gracias a la ausencia de restricciones y regulaciones pueden sacar libremente del país hacia cualquier destino, incluidos los paraísos fiscales.

Marcó del Pont agrega que la operatoria de fuga de divisas no se hace solo con las Lebacs. “Todos los bonos emitidos por el Ministerio de Economía pueden  ser formas de fugar capitales. También las regalías y las patentes son formas de fugar divisas. Las mineras y las grandes corporaciones agropecuarias tampoco tienen restricciones para sacar sus ganancias del sistema económico argentino porque desde febrero de 2016, cuando Macri firmó los decretos que eliminaban las retenciones, pueden disponer de sus dineros como quieran”, agrega.

Para la economista, la fuga de divisas es un fenómeno estructural y cultural en la Argentina. “No es una cosa que se vea en otros países de la región. Es que el argentino incorporó al dólar como forma de ahorro y cree que debe atesorarlo fuera del país, ponerlo a resguardo de los vaivenes de la situación económica local. Eso no se vé en Uruguay, ni en Brasil, tampoco en Chile, o Colombia. Es un fenómeno argentino que nació en los años setenta”, señala Marcó del Pont.

En el mismo sentido apunta el jefe del área económica de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (Flacso), Eduardo Basualdo, quien junto a un equipo de economistas publicó el libro “Endeudar y fugar. Un análisis de la historia económica argentina de Martínez de Hoz a Macri” (Siglo XXI Editores, Buenos Aires, 2017). El libro explica la génesis del fenómeno argentino y lo ubica a mediados de los años setenta, con la llegada de la dictadura militar instalada en 1976. Sin embargo para entenderlo a fondo Basualdo considera que el fin de la edad de oro del capitalismo de posguerra en esos años setenta, fue el fin de un paradigma económico y el comienzo de otro. Al proceso de industrialización iniciado tras la Segunda Guerra Mundial, cuando los capitales trasnacionales desplegaron un modelo de industrialización por sustitución de importaciones, le siguió otro basado en la valorización financiera, que se convirtió en el eje ordenador de las relaciones económicas. “En ese contexto, y junto con el auge de los flujos financieros a nivel mundial, tuvo lugar también un drástico viraje tanto en las características de los deudores y los acreedores externos como en la dimensión y el papel que cumplía el endeudamiento externo en la economía argentina”, sostiene Basualdo. “La deuda externa dejó de estar en función de la expansión de las actividades productivas, a pesar de que se trataba sobre todo de capitales industriales, y pasó a vincularse a la apropiación de una ingente renta financiera; la deuda dejó de ser un modo de financiamiento de la inversión o la formación de capital de trabajo y se convirtió en una vía para obtener renta financiera”, agrega.

Historia de una fuga.

El antecedente que permitió el cambio de paradigma en el modelo de acumulación para pasar de la industrialización a la valorización financiera lo constituyó en Argentina el Rodrigazo. Así se conoció al paquete de medidas económicas implementadas por Celestino Rodrigo, ministro de Economía del gobierno de María Estela Martínez de Perón en junio de 1975, por el que se devaluó la moneda un 160 por ciento con la correspondiente caída del salario que pasó en pocos meses de representar el 42 por ciento del PBI a menos del 30 por ciento, ya en los primeros días del gobierno militar instalado en marzo de 1976. “En ese junio de 1975 se publicó por primera vez en un diario de Buenos Aires la venta de un apartamento cotizado en dólares y no en pesos argentinos. Fue toda una novedad y el primer antecedente de cómo los argentinos vieron un refugio a sus ahorros en el dólar”, apunta Marcó del Pont.

La proliferación de instituciones financieras, cuevas o mesas de dinero –como se las llamó en los círculos ligados a la Bolsa de Comercio en esos días- fueron producto de las medidas tomadas por el ministro Martínez de Hoz en su programa económico que incluyó la ley de Entidades Financieras promulgada en 1977 y en la reforma del sistema financiero que incluyó una apertura indiscriminada de la economía y la toma de deuda externa por parte de empresas e instituciones privadas. Esa etapa que se extendió entre 1977 y 1981, permitió que “de cada cien dólares ingresados como deuda, noventa se fugaran al exterior por medio de esos mecanismos económicos conocidos como bicicleta financiera: nula regulación de salida de capitales al exterior por parte de personas físicas o sociedades”, señala Basualdo. La crisis de la deuda en América Latina ocurrida en 1982 detuvo momentáneamente el ciclo de endeudamiento y fuga para convertir la fiesta privada en crisis pública: el Estado se hizo cargo de las deudas privadas gracias a la intervención del entonces titular del Banco Central, Domingo Cavallo que estatizó esas deudas.

Con la vuelta de la democracia en 1983, el gobierno del radical Raúl Alfonsín debió lidiar con los sectores económicos concentrados hasta que en 1988 recurrió al plan Primavera con el que pretendía controlar la inflación pero sólo logró una nueva emisión de bonos que permitieron fugar dólares al exterior y generar una estampida inflacionaria que en 1989 hizo adelantar la entrega del mando presidencial a Carlos Menem. Durante el período menemista iniciado en 1989, se implementó la convertibilidad que implicó la paridad cambiaria entre el peso y el dólar lo cual otorgó rigidez a la economía pero en un primer momento la ordenó frente a la hiperinflación heredada. Se produjo un importante ingreso de capitales externos para la compra de empresas estatales entre 1991 y 1993, señala el economista Matías Kulfas a BRECHA. “Paradójicamente por cada dólar que ingresaba al país se fugaba otro a cuentas fuera del sistema económico argentino”, agrega el economista.  Es que la convertibilidad obligaba al Banco Central a mantener las reservas que garantizasen una base de respaldo a los dólares adquiridos y por eso debió endeudarse para garantizar liquidez, teniendo en cuenta el déficit recurrente de las cuentas fiscales.  Kulfas pone como ejemplo de fuga de divisas a las acciones de once grupos económicos argentinos que tras recaudar 6750 millones de dólares por la venta de empresas y paquetes accionarios sólo reinvirtieron en el mercado productivo u$s1020 millones y el resto fue a parar a activos externos. La convertibilidad sirvió para la reelección de Menem pero en 1998 tras la crisis económica en Asia que repercutió con más fuerza en Brasil y se instaló en la región sudamericana, ese modelo empezó a mostrar signos de agotamiento y terminó por derrumbarse en 1999, antes de su completa caída a raíz de la salida masiva de capitales del país incendiado. Entre 2000 y 2001 se produjo una salida de 6200 millones de dólares cada año y el gobierno de la Alianza encabezado por Fernando de la Rúa se vió obligado por eso a tomar deuda para blindar la economía. Uno de los principales implicados en el caso de fuga de divisas fue el Banco General de Negocios, propiedad de los hermanos José y Carlos Rohm, que terminaron procesados y en prisión por haber sido los principales arquitectos de la salida de dineros hacia Uruguay. Ese mecanismo tiene semejanzas con la situación actual porque en ambos casos los gobiernos recurrieron al blindaje con créditos externos que en definitiva terminaron por fugarse mediantes bonos al exterior.

“En cualquier caso se trata de falta de regulaciones en el sistema financiero y económico del país”, asegura Marcó del Pont. “La cultura del dólar está instalada entre los argentinos de manera que para desactivarla es necesario un programa económico que tenga un marco alternativo incluyendo aspectos jurídicos y contemple otras formas de ahorro creíbles para recuperar la confianza en el sistema económico del país. Cuando era titular del Banco Central participé de un encuentro internacional y el único país similar a la Argentina resultó la India cuya población esta aferrada al patrón oro. El resto de los países no padecen semejante situación de desconfianza al punto de fugar dineros como forma de ahorro”, señala Marcó del Pont.

Tanto para Lozano como para Marcó del Pont la llegada de crédito del FMI no frenará la salida de capitales. “El FMI podría pedir que se regule el sistema financiero del país, tal como lo señala el artículo 6 de su estatuto. Sin embargo no está entre las condiciones planteadas para liberar el primer tramo del préstamo”, asegura la titular de FIDE. “Tradicionalmente los políticas del FMI están asociadas a salvaguardar a algunas fracciones del capital que constituyen el bloque dominante en la economía del país. Y eso se da vía fuga de capitales en las diversas formas, bicicleta financiera con bonos y reaseguros de deuda con participación y monitoreo de grandes firmas bancaria internacionales integradas por empresarios o ejecutivos con injerencia directa en el Gobierno de turno”, acota Lozano.

Macrismo explícito.

Los Panamá Papers desnudaron en 2016 los negocios de los principales funcionarios públicos del gobierno argentino, desde el Presidente Mauricio Macri pasando por ministros del gabinete nacional, secretarios  e intendentes municipales de algunos distritos del Gran Buenos Aires: los empresarios devenidos funcionarios públicos debieron reconocer cuentas bancarias en paraísos off shore.

“No voy a traer mi dinero al país hasta que no generemos confianza”, aseguró el ministro de Energía, Juan José Aranguren, ex directivo de la petrolera Shell hasta el 10 de diciembre de 2015 cuando asumió como ministro. Durante una exposición en Diputados el ministro de Finanzas, Luis Caputo, pidió a una legisladora que no lo expusiera ante la prensa por sus cuentas en el exterior porque sus hijos eran adolescentes y podrían sufrir el escarnio público. Todos tienen algo en común: habilidad para las finanzas que implican retirar dineros  del circuito nacional y trasladarlo a otros destinos, lejos del país.

Según Basualdo la fuga de capitales en los casi tres años de macrismo tiene puntos de contacto con los años de la dictadura y la valorización financiera. “Las políticas puestas en marcha indican la intención de restaurar la preeminencia del capital respecto del trabajo, con una valorización financiera sustentada en el endeudamiento externo y las producciones primarias exportables”, señala en el libro Endeudar y fugar. “Lo cierto es que un modelo económico como el que plantea el gobierno que cree que abriendo la economía de par en par, sin regulaciones, va a atraer capitales para inversión productiva y no de especulación financiera, necesita el ingreso permanente de flujos de capital para permitir sostener la balanza comercial. Una economía estancada como la Argentina desde hace casi cinco años no funciona de otra manera y así va a volver a darse la bicicleta financiera que termina con dineros tomados como deuda por el estado y sacados del sistema por los privados”, remata Marcó del Pont.

Las variables macroeconómicas no preanuncian por ahora una crisis similar a la de 2001 para el sistema económico. “En primer lugar porque no hay una estrategia rígida como la de la convertibilidad de 2001 que ataba el dólar al peso. Hoy la flotación cambiaria permite márgenes de maniobra a los bancos como para navegar la situación”, señala Claudio Lozano. Marcó del Pont advierte sin embargo sobre “crisis cambiarias recurrentes, si no se equilibra y regula la cuenta capital del sistema económico”, agrega. La fuga parece para este modelo una forma de vida que con el acuerdo firmado con el FMI a tres años será heredado por el próximo gobierno. Macri apunta a ser reelecto. La oposición tiene la palabra.

(Por Fabián Kovacic / semanario BRECHA)

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