Crece electoralmente el FIT en Argentina. La venganza de Trotsky

Disciplina, ascetismo, constancia y trabajo parecen ser los ingredientes con los cuales el trotskismo argentino amasó casi un millón de votos en las últimas elecciones presidenciales de 2015. Y en 2017 con el macrismo en el poder espera aumentar ese caudal. Por aquello de cuanto peor, mejor.

Lejos de México donde terminó sus días asesinado por la larga mano de José Stalin y más lejos aún de la revolución rusa donde supo comandar con mano firme al ejército bolchevique, Lev Davidovich Bronstein tiene voz y voto en Argentina. Es que se trata del único país latinoamericano donde crece el trotskismo sobre un terreno electoral burgués. Para comprobarlo, alcanza con revisar el crecimiento exponencial del voto partidario en los últimos quince años. Y por si eso no fuera suficiente conviene repasar los datos sindicales en grandes empresas, recuperadas y estatales, donde esa expansión ya genera preocupación entre los empresarios. No en vano los principales bastiones del Frente Izquierda y los Trabajadores (FIT), principal fuerza política trotskista, se ubican en Salta, Mendoza, Neuquén y Buenos Aires provincias especialmente sacudidas por el ajuste neoliberal de los años noventa y donde operan los pozos petroleros de la estatal YPF privatizada por el menemismo que convirtió en imágenes fantasmagóricas dejó pueblos enteros a causa del desempleo. El crecimiento del trotskismo se dio parejo en el plano sindical y político a partir de la crisis de los años noventa.

Con cuatro diputados nacionales y legisladores provinciales en Salta, Neuquén, Córdoba, Santiago del Estero, Buenos Aires, Mendoza y la Ciudad de Buenos Aires,  el FIT se prepara para las legislativas de octubre con el optimismo que le da el 3,1% de intención de votos según las principales encuestadoras.  Sobrepasará holgadamente el 1,5 por ciento del padrón, exigencia impuesta por la ley que reglamentó las elecciones Primarias Abiertas Simultáneas y Obligatorias (PASO) y que se llevarán a cabo el 13 de agosto próximo.

El FIT es la alianza conformada por el Partido Obrero, el Partido de los Trabajadores Socialistas (PTS) e Izquierda Socialista (IS). Todos reivindican la figura y el pensamiento de Nahuel Moreno, el teórico más importante del trotskismo argentino y con proyección latinoamericana, fallecido en enero de 1987. Desde el 14 de abril de 2011, fecha de su fundación con motivo de las elecciones presidenciales de ese año, el FIT no paró de crecer en votos y actividad gremial. Ese año la formula integrada por Jorge Altamira y Christian Castillo obtuvo 500 mil votos, el 2,3por ciento del padrón  y se ubicó en sexto lugar, detrás de Cristina Fernández (Frente para la Victoria), el socialista Hermes Binner (Frente Amplio Progresista), Ricardo Alfonsín (UCR), Alberto Rodríguez Saa (PJ) y Eduardo Duhalde (PJ) y por delante de Elisa Carrió. En las parlamentarias de 2013 el FIT consiguió tres diputados nacionales (por Buenos Aires Salta Y Mendoza) y en el  2015 una más por Buenos Aires.

Pero no es el FIT la única fuerza que se reivindica heredera del León Trotsky. Bajo el nombre de Izquierda al Frente por el Socialismo, se unieron el Movimiento Socialistas de los Trabajadores (MST) y el Nuevo Mas. Ambos son parte de las esquirlas que dejó el estallido del trotskismo argentino a comienzos de gobierno de Carlos Menem en los años noventa, con el auge del  neoliberalismo y la caída del Muro de Berlin como colofón.

Historia reciente.

La historia de desencuentros del trotskismo argentino desde la vuelta de la democracia en 1983, por tomar solamente una fecha arbitraria, tiene puntos de contacto como en el resto de las fuerzas de la izquierda locales: la división permanente. La diferencia está en que los seguidores  de León Trotski, parecen haber frenado la sangría de votos a partir de las presidenciales de 2011 con una cierta eficacia a partir de la conformación del FIT.

La primera elección, en 1983 tuvo como representantes a dos fuerzas trotskistas: el Movimiento al Socialismo, con la formula integrada por Luis Zamora y Silvia Díaz, y el Partido Obrero con el metalúrgico Gregorio Flores y la militante de Derechos Humanos, Catalina Guagnini. Junto al Frente de Izquierda Popular, con Jorge Abelardo Ramos y Elisa Colombo, también de raíces troskas, fueron las únicas propuestas electorales que incluyeron a una mujer en la fórmula presidencial. Entre los tres alcanzaron apenas medio punto porcentual de votos, poco mas de 70 mil sufragios.

El mentor de Luis Zamora en esa elección fue el histórico líder indiscutido del trotskismo argentino: Nahuel Moreno, fundador del Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT) tras aliarse con el santiagueño Roberto Mario Santucho, el mismo que se convertiría en el referente del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP) hasta caer asesinado el 19 de julio de 1976. La ruptura entre Moreno y Santucho sumado al golpe de 1976, llevó al primero al exilio hasta convertirlo en una figura de peso entre los trotskistas latinoamericanos. De vuelta al país, Moreno reorganizó a las huestes locales de Trotsky en torno del Movimiento al Socialismo (MAS) que en 1983 llevó a Zamora como candidato presidencial de una de las fracciones.

La otra fracción fue la fundada como Partido Obrero en vísperas de la apertura democrática de 1983, cuya raíz era la agrupación Palabra Obrera nacida en 1965. La muerte de Nahuel Moreno en 1987 hizo estallar las diferencias internas entre los grupos históricamente permeables a la escisión y también el MAS terminó dividido. Zamora se quedó con la porción más vigorosa del partido, aquella que en los años previos acumuló militancia en base a las luchas callejeras por el juicio a los militares de la dictadura y la democratización de los sindicatos.

Seis años después, las presidenciales encontraron al Partido Obrero con la fórmula integrada por Jorge Altamira y Gregorio Flores, sumando apenas 46 mil votos, y la Alianza Izquierda Unida (IU) encabezada por el democristiano Néstor Vicente y el trotskista Luis Zamora, con un total de 410 mil votos. Como además Zamora se reservó el primer lugar en la lista de diputados nacionales pudo colarse con holgura en la cámara baja y se convirtió en el primer diputado trotskista del país, así como en 1904, Alfredo Palacios fue el primer socialista electo diputado en toda América Latina.

La alianza IU era una cosa más bien curiosa dentro de la política argentina. Un trotskista como Zamora se unía a un demócrata cristiano como Vicente, ambos bendecidos por los fondos económicos del partido Comunista. Con todo fue la primera fuerza política en dirimir sus candidatos en elecciones abiertas a la ciudadanía un antecedente de las actuales PASO. Vicente ganó y fue el candidato presidencial. A Zamora le salió mejor: se quedó con la primera candidatura a diputado nacional.

Para ese entonces el MAS ya había estallado en pedazos y una de esas fracciones organizó el Partidos de Trabajadores por el Socialismo (PTS) en 1988. Debutó electoralmente en 1993 en los comicios legislativos de la ciudad de Buenos Aires con poco menos de diez mil votos. Para ese momento el PO aparecía como la agrupación que mejor enfrentaba las sucesivas rupturas de sus compañeros de ruta ideológica: sin sobresalir en votos mantenía unidas a sus bases que empezaban a disputar espacios de conducción en las comisiones sindicales de las fábricas de los principales centros urbanos del país.

Los años del menemismo encontraron al trotskismo dividido pero acompañando a los focos de lucha abiertos en cada empresa quebrada por las políticas liberales de Carlos Menem. Luis Zamora pudo repudiar desde su banca de diputado la visita de George Bush padre a la Argentina, mientras el PO encontraba en el Polo Obrero su expresión de lucha para acompañar a los piqueteros recién paridos por la crisis en cada rincón del país. De ahí las buenas elecciones en las regionales Neuquén, Salta, Buenos Aires y Mendoza de la vieja petrolera estatal YPF al ser privatizada.

El Partido Obrero encontró a partir de 1984 en la figura de Jorge Altamira a su nuevo referente y conductor. En las elecciones de 1989 fue su candidato presidencial y desde entonces se convirtió en el referente indiscutido del trotskismo para el gran público consumidor de medios de comunicación. Economista recibido en la Universidad de Buenos Aires, Altamira tuvo su primer cargo como empleado estatal en el Ministerio de Economía, durante el gobierno del radical Arturo Illia en 1963, cargo al que renunció tras el golpe militar del general Juan Carlos Onganía en 1966. Curiosamente como buen polemista debatió en los programas de televisión con otros candidatos pero nunca llegó a ser electo por el voto. En las PASO de 2015 compitió en la interna del FIT con el joven Nicolás Del Caño (PTS) que le arrebató la posibilidad de convertirse en el candidato presidencial por cuarta vez.

El crecimiento de una corriente de la izquierda que históricamente aparecía en un segundo plano en las luchas sociales latinoamericanas, puede entenderse en la Argentina solamente si se la vincula con las luchas sociales de la década de 1990. El Partido Obrero generó como herramienta de acompañamiento para las luchas callejeras y entre los piquetes, al Polo Obrero. En él se nuclean trabajadores y desocupados, vecinos de barrios suburbanos golpeados por la crisis y militantes sociales. El Polo Obrero compartió y compitió en las manifestaciones callejeras con otras expresiones nacidas al calor de los piquetes, como los Movimientos de Trabajadores Desocupados (MTD) y agrupaciones ligadas al peronismo y al cristianismo de base como Barrios de Pie. Junto con esa actividad de presencia callejera cotidiana, el PO y el PTS incrementaron su activismo sindical. Lograron, por ejemplo, crear el sindicato de los trabajadores del subterráneo (metro) y arrebatárselo a la histórica conducción peronista de la Unión Tranviarios Automotor (UTA) ligada a la CGT.

El crecimiento exponencial de los conflictos hizo aumentar la participación sindical del PTS y el PO al tiempo que engrosaron los votos del FIT. Las encuestas sobre intención de voto en la provincia de Buenos Aires ubican en quinto lugar a los herederos de León Trotsky: el FIT se quedaría con el 3,1% de los sufragios y la Izquierda al Frente con el 2,4%, un manojo nada despreciable del 5 por ciento, para una ideología que sin prensa ni medios comerciales viene trepando lentamente y ya tiene voz propia en el Parlamento.

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