CGT: la oscura negociación con Macri que desnudó la concentración del 7 de marzo

Juan Carlos Schmidt, secretario de la CGT, apurado por la impaciencia social. (Foto: PREGUNTAS)

“Ponele fecha, la puta que te parió” fue la frase coreada por la multitud ante cada intervención de los tres secretarios generales de la CGT durante el acto del martes 7 en pleno centro porteño, a metros de la histórica Plaza de Mayo. Sin embargo ni Carlos Acuña (estaciones de servicio), Juan Carlos Schmidt (Dragado y balizamiento) ni Héctor Daer (Sanidad) pusieron fecha para un paro general nacional tal como lo exigían las 300 mil personas movilizadas.

El resultado final fue la furia general que algunos exaltados llevaron a la práctica copando el palco ante la huida de los burócratas cegetistas. Apenas cerró su discurso Daher, levantó los brazos con el resto de sus compañeros, estallaron las bombas de papel picado celeste y blanco, atronó el aire enfurecido la marcha peronista, una importante pancarta de la UOM se abrió ante el palco y de espaldas a los manifestantes, y armaron un final feliz de cotillón combativo. Como el macrismo con sus globos amarillos. La furia aumentó y todo se salió de madre.

Aparecieron los exégetas. Para Daher los agresores “son unos energúmenos”, mientras Julio Piumato aseguraba que él pudo irse caminando tranquilo, aunque cuando volteó para ver que pasaba vió como La Cámpora y algunos violentos de izquierda agredían a sus compañeros cegetistas. Piumato, el ex candidato a diputado nacional junto al inefable Julio Bárbaro, cuyo lema de campaña fue “Para que no te metan la mano en el bolsillo”, reconvirtiendo su rol sindical en el de un tesorero, sin pensar en los valores que implica la representación gremial en el mundo del trabajo. Para Florencio Monzó, el titular de la Cámara de Diputados “lo de la marcha representa todo aquello a lo que no queremos volver”. En definitiva y como ya es costumbre chicanera, cuando las cosas no son como el poder quiere, todo es obra de una minoría que a veces puede ser energúmena, otras arma escenarios violentos (Aníbal Fernández cuando fueron quemados los trenes en Haedo), y otras son solamente minorías que no representan a nadie.

Lo cierto es que en la tarde del martes la marcha convocada por la CGT demostró un nivel de movilización social tan grande como los números del retroceso económico de las cuentas del país en el último año: una inflación del 42% anual en 2016, según el Banco Central que proyecta una cifra del 21% para 2017; una toma de deuda de 77 mil millones de dólares en lo que va de la gestión Macri y una fuga de divisas de 15 mil millones de dólares solo hasta octubre de 2016: otros diez mil millones se fugaron entre noviembre y febrero pasados según datos del Banco Central y del Observatorio de la Deuda Externa de la UMET; el desempleo creció al diez por ciento según el oficialista INDEC, lo que representa poco menos que 1,5 millones de trabajadores.

Desde el mediodía las primeras columnas de ATE empezaron a desplegarse sobre la avenida 9 de Julio enfilando hacia la Casa Rosada por Avenida de Mayo y calles adyacentes. Se sumaron horas mas tarde los docentes de SUTEBA y CTERA junto con la CTA desde la avenida Paseo Colón. Los titubeos sobre la hora del acto entre las 14 y las 16 se abortaron cuando a las 15 las calles estaban taponadas de trabajadores, organizaciones sociales y dirigentes políticos. Minutos después, Acuña, Schmidt y Daher improvisaron discursos sin definir  la fecha del paro general. Acuña, empujado por las circunstancias, se presentó el lunes en el improvisado palco de los gremios de la educación para avisar a los docentes que ya había fecha de paro nacional. Los dos primeros días de clase de las escuelas primarias de todo el país se los llevó el paro docente y la furia de los maestros exigía una respuesta de la tibia CGT que desde hace un año prefirió el silencio dubitativo antes que la confrontación ante el avance del modelo económico del macrismo. “Me tendieron una emboscada”, recriminó Acuña a los gremialistas docentes después de ser abucheado por los maestros en plena calle.

Salvo los dirigentes y partidos de izquierda, que se prenden en todas las protestas, aquellos partidos con representación parlamentaria de fuste se perdieron entre excusas y silencios. José Luis Gioja, titular del peronismo, avisó el 20 de febrero que el “PJ apoya los reclamos de la CGT y hará todo lo posible (todo lo posible, sic) para estar presente el 7 de marzo en la calle”. Por eso no se vió mas que a algunos ex funcionarios y eventuales futuros candidatos en las parlamentarias de este año: Florencio Randazzo, Daniel Scioli, Aníbal Fernández, los intendentes Fernando Gray y Martin Insaurralde, y el ex titular de la Cámara de Diputados, Julián Dominguez, junto con el titular del PJ bonaerense, Fernando Espinoza. No hubo bandera que los unifique, sólo el miedo los llevó de a uno a la marcha.

¿Qué pasó entre el mediodía del lunes y el del martes para que la presunta fecha fijada para el paro nacional naufragara en la imprecisión? Según lanzó en el canal de noticias C5N, el periodista Roberto Navarro, la billetera de la Casa Rosada, manejada en este caso por el ministro de Trabajo, Jorge Triaca (h) torció en veinticuatro horas la voluntad de por lo menos dos de los tres triunviros de la CGT. Según pudo reconstruir PREGUNTAS se trata de Carlos Acuña y Héctor Daher. Triaca (h) que a través de su padre, Jorge Triaca, dirigente gremial ya fallecido y reconocido por su cercanía con la derecha peronista, heredó los contactos con el mundo sindical, hizo sonar la melodía más apreciada por los dirigentes: los fondos para las obras sociales sindicales. Ese dinero sale de una parte de la deuda tomada por el gobierno de Cambiemos, es decir, que es parte de los 77 mil millones de dólares de deuda tomada hasta el 28 de febrero pasado.

El dinero de las obras sociales sindicales siempre fue la zanahoria que el macrismo puso en juego para domesticar a los dirigentes cegetistas: el 16 de diciembre de 2015, apenas cinco días después de asumir, Macri firmó el decreto que designaba a José Luis Scervino, un medico cercano al gremio de Obras Sanitarias, y asesor de la CGT al frente de la Superintendencia de Servicios de Salud, con el beneplácito de los dirigentes Hugo Moyano y José Luis Barrionuevo, alias “hay que dejar de robar por lo menos dos años”. Con la instalación de Scervino en el edificio de Diagonal Norte y Rivadavia, los gremios volvieron a manejar una caja -que Cristina Fernández había inmovilizado y readministrado sin intervención gremial-, de más de 40 mil millones de pesos. Scervino ya había cumplido ese mismo rol durante el menemismo en la vieja Administración Nacional de Servicios de Salud (ANSSAL).

El 2 de agosto de 2016, el presidente Mauricio Macri anunció la devolución de 29 mil millones de pesos a las obras sociales: 2700 millones contantes y sonantes, 8000 millones para ser destinados a programas de salud para personas en situación de vulnerabilidad social, 8000 millones puestos en un fideicomiso en el Banco Nación para integrar las prestaciones de obras sociales y hospitales públicos, y casi 15 mil millones más llegarán a las arcas sindicales en forma de bonos recién 2020, es decir un año después que Macri termine su mandato. Cabe aclarar que los 2700 millones iniciales ya estaba previstos en el Presupuesto 2015, es decir votados durante el último año K.

En ese marco corría el entendimiento entre Macri, Triaca (h) y los popes de la CGT. Ahora, tras la concentración de ayer el panorama estalló en mil pedazos: la CGT ya no representa a nadie, sostienen algunos analistas, el Gobierno no tiene interlocutor sindical y la situación económica y social empieza desbordarse. Esta historia continuará.

(Redacción de PREGUNTAS)

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