“Tantos poemas fueron a parar a una lavadora…” / Entrevista con Alberto Szpunberg

Con Alberto Szpunberg, poeta y militante

Alberto Szpunberg y el Che Amor (Foto: Francisco Kovacic / PREGUNTAS)
Alberto Szpunberg y el Che Amor (Foto: Francisco Kovacic / PREGUNTAS)

Cincuenta años después de publicar El Che Amor, libro de poesía que le valió una mención en Casa de las Américas en 1966, Szpunberg analiza con BRECHA el derrotero poético de una generación atravesada por la revolución y el exilio. Crítico de la experiencia de la izquierda y de los arrepentidos, apuesta a los pequeños espacios de resistencia en un mundo “dominado por la ultraderecha”. El Che, Fidel, la Brigada Masetti en Salta, el golpe de 1976, el exilio europeo, la vuelta de la democracia, la caída argentina de 2001 y el kirchnerismo, con ojos del poeta que acaba de cumplir 75 años.

-¿Cuándo se dio cuenta que la poesía era su forma de expresarse?

-Que es mi modo de expresión ni siquiera ahora lo sé. Lo que sé es que escribo poesía. Pero eso me viene de chiquito. Mi primer poema es el único que recuerdo: -Era una chica muy buena, la conocí en su casa, y al otro día la ví tendiendo ropa en la terraza. Y entre los primeros dos versos y el tercero puse el título: poesía. Como para que nadie dude. No te puedo decir que ahí empecé pero es mi comienzo. Y una vez que le tomás el gusto… ya está! Tenés momentos de crisis, pero yo por ejemplo, vengo de una época de escribir mucho. Pero no siempre tuve ni siquiera la posibilidad material de escribir mucho porque se entrelaza con la militancia, las vicisitudes políticas, la vida. Pero nunca dejé de escribir. Así es la poesía, va y viene.

-Requiere de constancia, me imagino…

-Si, pero a veces pasan cosas curiosas con la poesía que uno escribe. Ya clandestinos nos encontramos en 1975 con Haroldo Conti en un bar de Canning y Córdoba. Yo venía dándole vueltas  a un poema desde hacía días. Y mientras espero a Haroldo me pongo a escribir en una servilleta del bar la idea del poema. En eso él llega y me pregunta que hacía y me pide leer el poema. –Que bueno  que es! ¿Me lo regalás?, me dijo. Claro, es tuyo, le contesté. Y se lo metió en el bolsillo de la camisa. Esa fue la última vez que vi a Haroldo. Y ni me acordé de ese poema. Muchos años después me llama el músico César Stroscio y me dice que había encontrado un poema mio dentro de un cuento de Conti publicado en un libro. Nunca imaginé que el poema ese de la servilletita Haroldo Conti lo iba a salvar en un cuento hermosísimo como es A la diestra. Yo no tenia ni idea.  Pero siempre está esa incertidumbre. ¿Cómo se salvó ese poema? ¿Cómo no fue a parar a una lavadora esa camisa? Tantos poemas se perdieron en una lavadora! Y sin embargo se salvó y eso es lo azaroso. Y digo pucha! ¿Cómo puede ser? ¡Que maestro Haroldo que salvó un poema! No porque el poema lo merezca o sea bueno, pero el hecho de rescatar un poema ¿no?

-¿Cuáles fueron los autores que lo influenciaron y lo acercaron a la poesía?

-Uy… bueno… Primero que en mi casa, cuando yo era chico el libro era como corresponde en una tradición judía, un objeto sagrado. Yo marcaba en los libros cosas que me gustaban o que me sorprendían y mi viejo no podía entender como yo marcaba en un libro.

 -¿Qué libros o autores subrayaba?

-Uh… No se por que me agarró la manía de tener todo compendiado en o que visualizaba como mis obras completas. Entonces todo lo escribía en un cuaderno de clase, de marca Sol de Mayo. Tengo esos cuadernos que fueron salvados por mis viejos.

-¿Venían de la izquierda sus padres?

-Venían de la revolución rusa.

-¿Perseguidos por la revolución o difundiendo la revolución rusa?

-Esa pregunta me la hicieron varias veces  y te la puedo contestar porque hablé mucho con mi viejo. En esos procesos a veces no se sabe donde están los amigos y donde los enemigos. Se vive una circunstancia que es como una vorágine, un torbellino y eso te arrastra. La matanza de judíos estaba de moda en Rusia. Y eso pesó mucho. Y aparece Stalin. ¿Qué tiene que ver Stalin con Lenin, por ejemplo? Se merecía otro destino la revolución rusa. Porque la entrega del pueblo fue total. No se puede aceptar una causa perdida porque es mucha muerte, destrucción y frustración. Hay que buscar algún atajo.

-Por ejemplo en algunos pequeños espacios de resistencia de los que usted suele hablar…

-Seguro. Sencillamente porque hay cosas a las que no se puede renunciar.

Las entrevistas de PREGUNTAS

-Esos pequeños espacios de resistencia son una suerte de compás de espera de tiempos mejores?

-El problema es el auge de la ultraderecha. Eso es lo grave y la guerra es lo peor que hay. Mira Siria.

-Y el rol de los medios y su manipulación de la realidad ¿Cómo se da vuelta la historia en ese contexto?

-Y… esa es la gran pregunta. Pero también sabemos que si no damos vuelta la historia se va todo al carajo. A mi se me dio por escribir versitos, poemitas. A otro se le da por otra cosa. Pero lo primero que se hace es querer lo que se hace. Y en eso el maestro es el Che. El Che le escribió a Carlos Quijano El socialismo y el hombre nuevo en Cuba y eso se publicó en Marcha en 1965. Ahí hay una frase que siempre me fascinó. “Aún a riesgo de parecer ridículo déjeme decirle que un revolucionario se mueve por grandes sentimientos de amor”. Y es cierto. Si fallan los grandes sentimientos se va todo al carajo. Vuelve Stalin y aparece el tramposo Trump.

-Usted empezó a escribir cuando Roberto Arlt todavía tenía potencia en la literatura, su generación leía a Raúl González Tuñón. ¿Quiénes influyeron en su poesía?

-Todos aquellos que leíamos en la escuela primaria como Leopoldo Lugones. Leía mucha novela de acá y de allá. Era un pibe y con otros pibes de mi edad que planteaban lo mismo nos juntamos. Y eramos Ramón Plaza, Roberto Santoro, Luis Luchi como el hermano mayor de todos nosotros, Raúl González Tuñón como el poeta revolucionario, Juan Gelman, Juana Bignozzi, Jorgelina Jusid, el Negro Jorge Quiroga. Y entre nosotros funcionábamos como un grupo, una patota cultural. Los caminos se fueron abriendo a medida que pasaban cosas como el enfrentamiento con el Partido Comunista argentino. Había que oponerse a eso porque era una política claudicante. Pero había que crear otra cosa. Y ahí llega la marca indeleble de la revolución cubana y el Che. Y entonces escribo El Che Amor en 1965.

-Y fue mención de Casa de las Américas en 1966. ¿Eso no lo posicionó entre sus amigos por lo menos?

-Si, se convirtió en un texto leído. La palabra compromiso no me gusta para la poesía. Se convirtió en un referente. Pero hoy, entre nosotros, ese referente era el Che Guevara. Los concursos de Casa de las Américas, la incorporación de intelectuales y artistas a ese mundo revolucionario… Despues se fue al diablo todo. Pero hubo unos primeros años en que ese movimiento cultural fue importante, innovador, y quien más bregó por impulsar eso fue el Che. Después Fidel, con la mejor intención, actuó como quien se hace cargo de los platos rotos y así y todo llegó a hacer una maravilla. Cuba fue una maravilla, teniendo en cuenta el bloqueo norteamericano y la dependencia de la Unión Soviética, el condicionamiento que generó esa dependencia. Y eso afectó a la poesía también porque empezó a demandarse una poesía agitativa. Lenin distinguía entre la agitación y la propaganda. La agitación es una pintada o un volante de dos o tres frases para una multitud. Pero la propaganda es mucho para pocos. Nadie va a revolear El Capital de Marx, pero si uno puede proponerle a un amigo arrimarse a ese libro. En ese sentido el modelo soviético fue triste, contraproducente y eso afectó a la poesía. Ya en Juego limpio, tengo un poema que se llama Los viejos estalinistas. Ya me habían expulsado del PC y en ese poema acuso recibo de la expulsión del partido, cosa que agradezco infinitamente a los camaradas.

-El Che Amor llega justo cuando acababa de ocurrir la debacle en Salta con el grupo comandado por Jorge Masetti. ¿Cómo lo afectó eso?

-Me cambió la vida. Es una frase, pero tiene muchas expresiones posibles. Me dio ganas de hacer la revolución. Y encontrarme con gente que quería lo mismo. Cuando El Che Amor obtuvo la mención de Casa de las Américas, Haydé Santamarina me invitó a Cuba. Y le contesté que uno de mis sueños era ir a Cuba a ver la revolución, pero que yo entendía que la revolución tenía que hacerla acá y que dispongan ellos si consideraban que viajara o no. Su carta de respuesta me emocionó mucho. “Ya tomaremos mate en el Río de la Plata”, me escribió.

(Foto: Francisco Kovacic / PREGUNTAS)
(Foto: Francisco Kovacic / PREGUNTAS)

-¿Cómo ingresó en la Brigada Masetti después de 1964?

– Yo tendría que haber subido al monte a los tres meses de haber caído el campamento. Pero en ese momento yo estaba en Buenos Aires metido con la poesía, el trabajo clandestino y con la cuestión de la brigada. A través de los muchachos del Ejército Guerrillero del Pueblo (EGP) que estaban presos en Salta me conecté con Ciro Bustos, quien fuera el guardaespaldas del Che. El me presentó a un compañero sobreviviente de la debacle dispuesto a reagruparse. Este compañero trajo a otro que nunca había estado pero observaba con cariño la experiencia del Che y de Masetti. Quedamos tres y empezamos a laburar. Nos conectamos con los Tupamaros y empezó el debate sobre si empezar la lucha a partir del foco rural o la guerrilla urbana. Según el Che y su ortodoxia, era el foco rural, pero la experiencia de los Tupas podía ser urbana también. Ahí andaban los debates, organizando una infraestructura para trabajar y de ahí salió la Brigada Masetti. Sobre eso habría que hablar porque en el foco de Masetti en Salta hubo hechos hermosísimos y horrores. Todo eso se sintetiza en el “palante” cubano y el horror que implica definir situaciones que estaban mal planteadas de entrada. Hoy no tiene sentido hablar de eso, pero merece un capítulo en la historia. El Che Amor me definió.

-Le definió el compromiso poético, digamos?

-No me gusta la palabra compromiso para la poesía. Poesía comprometida me parece una obviedad. Es como decir el agua es húmeda. Pavese dice en El oficio de vivir que el poeta es el hombre más culto de su época. Y cuando dice culto, no habla de información si no de comprensión.

-¿Y su exilio?

-Me fui a Barcelona, a El Masnou en 1977 y conseguí trabajo en el diario Telexpres, que dirigía un hombre de derecha, Miguel Angel Bastenier, para hacer un suplemento literario y cultural latinoamericano. Ahí estuve trabajando seis meses. Viviamos cerca con Eduardo Galeano y Vicente Zito Lema y compartíamos actividades de denuncia de las dictaduras sudamericanas con encuentros de exiliados que nos llevaban a recorrer Europa. Cuando Juan Gelman se fue a trabajar a la FAO, me ofreció el cargo de editor en la agencia de noticias Nueva Nicaragua en París y ahí me largué a ese trabajo. Ahí nos hicimos muy amigos con Julio Cortázar, allegado a la agencia por su afinidad con la revolución nicaragüense. Con Juan Gelman tuvimos una relación de afectos y desencuentros que nos hizo muy amigos y fue muy rica. Cortázar me tenía un gran cariño, pero claro todo se inscribe en un contexto histórico y político y eso es difícil de explicar hoy. Cortázar era muy amigo de Salvador Cayetano Carpio, el comandante Marcial, del Frente Farabundo Martí en El Salvador, que se suicidó y eso lo afectó mucho a Cortázar. Pero siempre hay que tener en cuenta el contexto histórico en el que se dan las cosas, si no no tiene sentido.

-Usted está en desacuerdo con algunos arrepentidos y críticos de la militancia de los años sesenta y setenta, como el ex guerrillero Oscar del Barco, justamente por no tener en cuenta ese contexto histórico. ¿No es asi?

-Claro. En relación a Oscar del Barco me parece bien que alguien haya hablado y se termine con el endiosamiento de la Unión Soviética y los pedestales. Todo esto hay que hablarlo y sin embargo la izquierda no es crítica. Faltan organizaciones en la izquierda que centralicen una discusión crítica y democrática sobre lo que pasó, pero no existen.

-Usted mencionó en varias entrevistas que se cansó del exilio y la nostalgia. ¿Cómo fue y por que?

-Me cansé de la falta de futuro. La renuncia al futuro. La nostalgia es idealizar un pasado que no es real y que resulta difícil establecer en el presente. Es renunciar a la mínima ilusión. Y eso se acentúa mucho en el exilio. Esa cosa de gueto afectivo y espiritual. Pasan cosas en el mundo y uno sigue pendiente de que una noche escuché a Gardel, y otra noche… Gardel nos engañó. Alguien tiene que denunciarlo. Eso de que siempre se vuelve al primer amor no es cierto.

-Sin embargo usted volvió a Buenos Aires después del exilio…

-Y no sé donde estoy. Muchas veces me pasa. Hay una pregunta que se repite en el exilio: ¿Qué estoy haciendo yo acá? Yo miraba la catedral de Barcelona en 1977 y me preguntaba ¿Qué tengo que ver yo con todo esto? Nada. Y acá en el Buenos Aires actual me pasa eso. El que dejé atrás con el exilio forzado ya fue, no volverá, ni yo volveré y la denuncia por el engaño de Gardel ya la hice. Un exiliado no vuelve más. Vuelve físicamente, pero ya no es el mismo. La ciudad tampoco es la misma. Y eso alimenta muchos poemas, por lo menos con lo que yo escribo. Los bares a los que yo volvía ya no existen y la gente que visitaba tampoco. En muchos casos son parte de los treinta mil desaparecidos. No es joda un país con el hueco generacional como el que tenemos.

-Usted volvió durante el gobierno de Raúl Alfonsín. ¿Hubo un cambio en su poesía?

-Creo que si, en el lenguaje y el tema. Trabajaba para una editorial catalana que producía materiales para América Latina y tenía su redacción en Buenos Aires y yo podía viajar permanentemente. Venía los fines de semana, me traía trabajo, corregía. Todo eso me permitió volver de a poco y eso se notó en mi poesía que había cambiado el ritmo.

-De esos años son sus libros Apuntes y Luces que a lo lejos. ¿Desde El Che Amor hasta hoy cambio su temática en la poesía?

-Y volvi a publicar sonetos, que desde aquellos poemas en los cuadernos Sol de Mayo cuando era chico no escribía. Esa tarde solo es la tarde, es mi libro de sonetos al que quiero infinitamente. El nombre revelado, que en realidad son cuatro libros en uno me ayudó a renovarme. Me hace bien sentir que cambié el tema y el lenguaje de mi poesía. La búsqueda es siempre la misma en la poesía aunque con circunstancias diferentes. ¿Qué busca uno en un poema? No se sabe. La búsqueda es lo que importa. Mis libros siempre tienen que ver con historias de amor, pero es la poesía la que manda como trabajar los temas. Luces que a lo lejos es el libro donde me desahogo con el tema de la nostalgia.

-¿Que está leyendo ahora?

-No leo, releo a un autor al que siempre vuelvo: Joseph Roth. Me emociona siempre. Tiene esa virtud de que no te deja igual. Lo lees y algo te conmueve y te cambia.

-¿Cuándo decidió quedarse definitivamente en Buenos Aires?

-Cuando fue la caída del gobierno de la Alianza el 19 y 20 de diciembre de 2001. Ese día decidí quedarme porque me jubilaba y entonces elegí Buenos Aires. Estuve en el quilombo del 19 en la Plaza de Mayo y la casualidad quiso que me encontrara ahí mismo con uno de los tres compañeros con los que fundamos la Brigada Masetti. El abrazo fue inmenso, infinito. Todavía no sé los nombres de esos compañeros. Sólo sus nombres de guerra, sus sobrenombres. Y ese día llamé desde uno de los pocos teléfonos que quedaban en pie cerca de la Plaza, a la editorial en Barcelona porque tendría que haber viajado y tuve que explicar todo lo que estaba pasando para justificar que me quedaba.

-Y después vino el kirchnerismo como contracara de la sequía neoliberal.

-Si, pero demostró ser  insuficiente.

(Entrevista de Fabián Kovacic / PREGUNTAS)

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