Murieron Alberto Laiseca y Andrés Rivera, íconos de la literatura argentina

Andrés Rivera y Alberto Laiseca
Andrés Rivera y Alberto Laiseca (Foto: tomada de http://www.notas.org.ar)

Se fueron dos de los más grandes autores argentinos nacidos al calor de las luchas literarias de mediados del siglo veinte e intérpretes de la posmodernidad nacida tras la caída de la última dictadura. Dos que supieron entender o quizá describir el país, la gente y las cosas de un orden desordenado nacido de las entrañas del dolor.

Alberto Laiseca

Decía que lo suyo era el “realismo delirante”, es decir, “ni realismo, ni realidad”. Ese hombre, ese escritor, murió ayer en la ciudad de Buenos Aires a los 75 años. Lo velan hoy de 21 a 23 y mañana de 9 a 12 en la Biblioteca Nacional.

Había nacido en Rosario un 11 de febrero bajo el signo de acuario y su infancia se desplegó en Camilo Aldao, un pueblo pequeño en el sureste de la Provincia de Córdoba. En su casa de Flores colgó siempre un cuadro de ese terruño fundacional. Ahí cursó la primaria pero el pueblo no tenía colegio secundario, asi que cuando le llegó el turno tuvo que viajar todos los días al pueblo vecino, Corral de Bustos, a 28 kilómetros, para completar su educación formal. En 2010, su pueblo lo declaró Ciudadano ilustre. Al fin de la adolescencia, en 1966, viajó a Buenos Aires y se instaló en la capital en años intensos; era una ciudad que quemaba, cultural y políticamente. “Me había hecho amigo de Norman Brisky, conocí a la gente del Moderno, que es un bar que ya no existe, en la calle Maipú …” recordó luego. Trabajó durante siete años como peón de limpieza, sobreviviendo muy al límite. En 1973 lo presentaron a los editores del diario La Opinión, que publicaron su primer cuento y las cosas muy de a poco empezaron a cambiar.

Los años 70 fueron complicados en términos personales pero fueron los años de su entrada formal en la literatura. En 1976 el sello Corregidor publicó su primera novela, Su turno para morir y recién seis años después saldría su segundo libro, Aventuras de un novelista atonal. A partir de entonces, escribiría y publicaría un libro cada dos o tres años y su obra completa es vasta y compleja: más de veinte libros en varios géneros, del cuento a la novela, pasando por el ensayo y por textos de género más híbrido.

La década del 90 es considerada por los críticos y los lectores una clave de la producción literaria de Laiseca: es cuando termina de delimitar una zona de interés y donde la escritura hace cumbre. La hija de Kheops, La mujer en la muralla, El jardín de las máquina parlantes y, sobre todo, Los Sorias, uno de los proyectos más vastos y jugados de la literatura argentina del siglo XX. De casi 1.400 páginas, su autor la cargó en un bolso a modo de manuscrito durante 16 años, buscando un editor que no llegaba. “Fogwill me dio una mano bárbara. Fogwill y César Aira. Y Piglia también. Me dieron una mano bárbara con Los Sorias. Porque era un best-seller en el underground, todo el mundo hablaba de esa novela y muy pocos la habían leído. Entonces cuando yo ya empezaba a perder mi fe de que me la publicasen alguna vez, creo que fue César Aira a quien Gastón Gallo le preguntó qué escritor argentino le gustaba: “Los Sorias, Alberto Laiseca”, dijo. Y me la publicaron. Pero ya venía con… se hablaba, se hablaba… Piglia hablaba, Fogwill por supuesto, y César Aira hablaban de esta obra, se encargaron de propagar el mito, ¡se transformó en mito!”.

La escritura de esa novela total le demandó cerca de veinte años y la trama del libro –imposible de resumir– se apoya sobre tres superestados que emprenden una batalla sin final por aniquilarse mutuamente. En ese cajón de sastre sin fondo Laiseca metió todos sus intereses: la ciencia, la magia, el poder, la tecnología, las sociedades, la literatura, las ciudades, el mundo oriental, las tradiciones milenarias. Es una novela pynchoniana, una rara avis en el interior de la tradición literaria de nuestro país. Los Sorias, a pesar de sus evidentes cualidades anticomerciales, agotó una primera edición y se reimprimió dos veces desde aquel 1998 en el que finalmente un editor se animó a sacar la primera edición. Como todos sus libros, está profusamente documentado y ese barroco de temas que lo habita se desarrolla con una prosa relativamente límpida, legible, que avanza. Fue una de las mentes más ambiciosas de las letras locales y Los Sorias es el hito de ese pensamiento febril.

El siglo XXI fue igualmente prolífico y productivo para Alberto Laiseca. Una nueva generación de escritores lo descubrió y eso le dio algo así como una nueva vida a ese tipo un poco solitario que había enviudado y que fumaba sin parar y tomaba cerveza caliente en un departamento sin luz del barrio de Caballito. Sus talleres congregaron una minoría fiel y sus alumnos se reivindican, siempre, como discípulos del “Conde” –algunos de ellos son Selva Almada, Gabriela Cabezón Cámara, Leonardo Oyola y Sebastián Pandolfelli. Su cara, también, llegó a los medios audiovisuales. Participó en la película El artista, de Cohn y Duprat, y la dupla luego llevó al cine su cuento Querida, voy a comprar cigarrillos y vuelvo. El grupo de rock Los piojos hicieron una canción sobre un cuento suyo y el escritor puso el cuerpo en un ciclo de culto de I-Sat donde leía cuentos de terror sobre un fondo negro, el cigarrillo siempre encendido y los ojos rojos, como si un largo insomnio lo tuviera hace años sin dormir. Consciente del estatus extraño que los nuevos escritores le conferían, exageró su locura y el personaje se convirtió, finalmente, en el dueño de su cuerpo.

Quedan más de veinte libros, que han sido reeditados en los últimos años por sellos disímiles como Gárgola, Tusquets o Mansalva. Queda su hija Julieta, que alguna vez lo describió como un “papá fuera de serie”. Y quedan sus alumnos y los que amigos y los que lo conocieron: esa dispersa dinastía de solitarios que tienen cientos de anécdotas y que a partir de ahora las van a empezar a contar, como le hubiera gustado al escritor de las miles de páginas.

Andrés Rivera

A través de sus obras dio voz a los hombres despojados del conurbano y con su literatura testimonial rescató figuras de la historia argentina como Rosas y Castelli, murió hoy a los 88 años, en la ciudad de Córdoba, informó hoy a Télam su secretaria.
El escritor, autor de “El farmer”, “La revolución es un sueño eterno”, que había sido bautizado al nacer en diciembre de 1928 como Marcos Ribak, falleció a las tres de la madrugada en un hospital cordobés, donde había sido internado luego de sufrir una fractura de cadera, que le provocó una septicemia y le causó la muerte.
Rivera, que había nacido en el barrio porteño de Villa Crespo y fue obrero textil al igual que su padre, vivía en Córdoba, desde hace un año junto a su esposa Susana Fiorito. Sus restos serán cremados, informaron a Télam fuentes allegadas al escritor.
“Es uno de los últimos grandes, y ayer murió Laiseca”, lamentó Alberto Díaz, editor de Seix Barral, sello que publicó muchos de sus últimos libros.
Rivera “siempre tuvo una coherencia política inclaudicable, y una obra que fue un orgullo. Lo conocía desde hacía muchos años, porque hacía doce años que era su editor. Ahora iba a publicar ‘Ese manco paz’ y ‘Cría de asesinos’, señaló Díaz, en diálogo con Télam.
“La obra de Rivera abarca dos grandes bloques: sus novelas históricas que fueron excusas para hacer reflexiones sobre la Argentina, el poder y la pérdida del poder; y los libros donde abordó la realidad de la clase obrera, y a partir de su experiencia personal, como obrero, se hizo marxista”, reflexionó Díaz.
Rivera había obtenido en 1992 el Premio Nacional de Literatura por “La revolución es un sueño eterno” y durante su trayectoria había escrito más de treinta libros, y los últimos libros publicados fueron “Estaqueados”, “Guardia blanca” y “Kadish”.

(Fuente: notas del diario Clarín y agencia Telam)

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