La historia de América Latina en bibliotecas privadas porteñas

José Urquijo (Foto: Soledad Aznarez / La Nación)
José Urquijo (Foto: Soledad Aznarez / La Nación)

Muchos bibliófilos admiten experimentar un goce íntimo y voluptuoso del contacto con sus libros. Quizá por esta razón los dueños de bibliotecas notables suelen mostrarse refractarios a exhibir sus colecciones privadas ante extraños y, más aún, a permitir que sean fotografiadas.

Así, muchas de las grandes bibliotecas particulares crecen, ocultas e insospechadas, en casas y departamentos donde llevan una vida secreta junto con sus dueños.

Algunos de ellos son representantes del mundo de la cultura -como escritores o académicos-; otros, personas anónimas que cultivan su afición libresca en forma paralela a otras profesiones.

Según los propios coleccionistas, es posible establecer una distinción básica entre los bibliófilos: aquellos para quienes sus bibliotecas de consulta permanente constituyen un instrumento de trabajo; y los otros que se limitan a disfrutar del goce estético que depara la cercanía con los libros por su belleza, antigüedad o rareza. Los coleccionistas coinciden en que las buenas bibliotecas son un “reflejo de sus dueños” y en que el valor de las colecciones reside en su “unidad”. Preocupados por el destino de sus esfuerzos de tantos años, los desvela la probabilidad de que sus bibliotecas terminen desguazadas en una casa de remates.

Ernesto Sábato lo abraza afectuosamente; ríe junto a Mario Vargas Llosa; con Enrique Cadícamo miran directo al lente… Son incontables las fotos que retratan a Horacio Salas acompañado por muchas de las figuras más notables de la literatura latinoamericana del siglo XX. Esas imágenes, apoyadas en los lomos de los libros de su biblioteca, rompen con una nota alegre la gravedad que imponen los más de 15.000 volúmenes que atestan los anaqueles de su departamento de Palermo.

Salas, poeta y ensayista, dice que, como un pararrayos atrae rayos, él atrae libros: “Soy un ‘paralibros’ -se ríe-: los libros me llegan”. Además de comprarlos, durante décadas muchas editoriales se los enviaron por su labor como crítico. Así, reunió las primeras ediciones de todos los autores del boom latinoamericano.

La vocación por “acumular libros” se le despertó a los 13 años. Neruda, García Lorca y Borges fueron algunas de sus primeras adquisiciones.

“Tengo mucha poesía, literatura universal e historia latinoamericana”, repasa. Agrega que consulta seguido la revista Caras y Caretas, y aclara que su biblioteca es “de trabajo, no de coleccionista”.

Sin catálogo, Salas apela a la memoria para localizar cada libro. Pero cuando algún visitante cambia un ejemplar de lugar es como si “cayera en un agujero negro”: pueden pasar meses hasta que lo encuentra.

El último libro que compró fue una edición de los Cuentos completos de Felisberto Hernández.

José María Mariluz Urquijo y su mujer, Daisy Rípodas Ardanaz, hicieron su primer viaje juntos en 1960 a Salvador de Bahía. Desde entonces, recorrieron con intensidad América Central y del Sur, y en cada país compraron libros de su historia colonial. Así crearon una colección que llegó a los 25.000 volúmenes.

Ella se especializó en la historia cultural latinoamericana; él, en la historia jurídica, económica y social de la época del virreinato. Ambos son miembros de la Academia Nacional de la Historia. “La bibliofilia es el único vicio que la vejez no aplaca”, se ríe Mariluz Urquijo, de 94 años.

Sin catalogar, la biblioteca sólo está ordenada por temas, y para encontrar un título deben apelar a la memoria.

Mirando hacia adentro, rememora con delectación uno de sus principales hallazgos: en una librería chiquita de Guanajuato, México, pidió libros antiguos; lo condujeron a una piecita lindera, de pisos de tierra, donde en una alacena encontró los Comentarios a las Leyes de Indias de Juan del Corral Calvo de la Torre. “En el mundo se conservan sólo tres ejemplares”, precisa.

Aclara que no leyó todos sus libros porque muchos son de consulta, como las enciclopedias. “Pero sí leí la mayoría”, dice. En Buenos Aires, sus principales proveedores fueron las librerías La Cueva y la Fernández Blanco. “Invertimos en libros todo lo que teníamos”, admitió. Para ganar espacio se desprendieron de todo el material posterior a 1820.

Si Borges describió al Aleph como “el lugar donde están, sin confundirse, todos los lugares del orbe, vistos desde todos los ángulos”, la biblioteca de Alejandro Vaccaro es el lugar donde está, sin confundirse -porque todo fue rigurosamente catalogado-, todo Borges, visto desde todos los ángulos: primeras ediciones de todos sus libros, docenas de traducciones -como al japonés, chino y bengalí-, una infinidad de libros sobre él, manuscritos, documentos, fotos y objetos personales del escritor.

Aparte de ese material, Vaccaro -presidente de la Sociedad Argentina de Escritores- reúne una gran colección de primeras ediciones de la literatura argentina del siglo XX , de biografías y de literatura latinoamericana. Los libros suman unos 30.000, incluyendo los que atestan su laberíntico departamento de la Recoleta, y los que guarda en otros sitios.

“Lo que más me costó conseguir -cuenta- fueron las primeras ediciones de la colección El Séptimo Círculo”, la serie de novelas policiales dirigida por Borges y Bioy Casares.

Durante años, los fines de semana exploró las numerosas ferias de los parques porteños en busca de material sobre Borges. Pero también compró libros por todo el mundo. Su hemeroteca incluye las colecciones completas de las revistas Caras y Caretas (unos 2070 números) y Sur, entre muchas otras cosas

El material más sensible, como las primeras ediciones, está envuelto en papel ecobotánico y guardado en cajas particulares.

(Tomado de La Nación  /  Link: http://www.lanacion.com.ar/1932289-bibliotecas-privadas-colecciones-notables-que-se-esconden-en-la-ciudad)

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